Este 23 de julio se cumplen 7 años de la muerte de Amy Winehouse a los 27 años. Recordamos algunos datos menos conocidos de su vida, así como las fotos inéditas que tomó el fotógrafo Blake Wood.

Hubo un tiempo en el que la última leyenda del soul estaba llena de vida. El fotógrafo Blake Wood, amigo íntimo de la cantante, recupera aquellas escenas en un libro de Taschen

«Espera, quiero posar como una pin up…». De espaldas al mar, con los pies mojados y el ombligo al aire, aquella no era Amy Winehouse. No la yonqui tambaleante con la que los paparazzi salivaban cada noche. Tampoco la Ronette blanca que se empeñaba en arruinar sus propios conciertos. Ni siquiera la vecinita a la que hoy, siete años después de su muerte, se sigue llorando como al paso de una virgen. La Amy retratada en 2009 en una playa caribeña apenas recuerda a la cantante que terminó malamente y con otros músicos en el maldito club de los 27 (Morrison, Joplin, Hendrix, Cobain, etc). Relajada, insinuante, disfrutona. No, no, no: aquella no podía ser Amy Winehouse.

«El sol de la mañana parecía mitigar cualquier preocupación. El batir de las olas generaba una agradable brisa y me giré para mirar a Amy. Irradiaba una calma que raramente había visto el año anterior», hace memoria el fotógrafo que inmortalizó a su amiga en semejantes vacaciones de sí misma. «Muchas veces había deseado para ella que fuera capaz sólo de estar: estar en el mundo, estar cómoda y estar liberada. Allí ella estaba en paz, puramente ella. Fue un momento que tuve que capturar».

Los retratos de la otra Amy en la isla de Santa Lucía habían permanecido ocultos hasta ahora, al igual que varias escenas íntimas de la diva de los 14 tatuajes en lavabos de pubs, asientos traseros de coches que nunca eran el suyo, backstages inofensivos e incluso su salita de estar, donde tocaba la batería ajena a miradas morbosas.

Semejante catálogo de inéditos es un tesoro, más tratándose de un personaje descarrilado en gran parte por la sobreexposición -y los vicios- del mundo del espectáculo. Blake Wood (Vermont, EEUU, 1986) es el autor de las imágenes que ahora la editorial Taschen reúne en un volumen no sólo para necrófilos, porque lo que desprende sobre todo es alegría de vivir.

Quería mostrar que no todo fue malo en aquellos años, que estuvieron llenos de momentos buenos y divertidos
Blake Wood

«Quería mostrar que no todo fue malo en aquellos años, que estuvieron llenos de momentos buenos y divertidos. Y quería enseñarla a ella de una forma que nadie había visto antes, su belleza natural. Ella no sabía lo hermosa que era. Intenté decírselo, pero no era muy buena aceptando piropos», bromea el fotógrafo en el libro.

Blake y Amy se habían conocido en enero de 2008 en la casa de la cantante Kelly Osbourne en West London. Él apenas era un aspirante a artista; ella ya había sido encumbrada como una de las grandes voces del soul tras la publicación de Back to black, su segundo disco. Él acababa de llegar de Nueva York; ella se sentía perdida y necesitaba un amigo. La conexión fue inmediata… pese al cortocircuito inicial.

«Vino directamente hacia mí, se me puso enfrente y dijo: ‘Hola, soy Amy’. Yo contesté: ‘Hola, soy Blake’. Ella me miró de reojo y dijo: ‘Tú no eres Blake’. No sé si se pensaba que le estaba tomando el pelo». El malentendido se explica rápidamente: Blake se llamaba también el marido de la intérprete de Rehab, entonces en la cárcel.

A esa primera noche de revelaciones -a ambos les habían partido el corazón- le siguieron meses en que se hicieron inseparables. Aunque el estadounidense había alquilado un apartamento por su cuenta, dormía en el piso de Amy en Camden una madrugada, y otra, y otra… Nadie en esa época llegó a conocer mejor a la desdichada estrella que para evitar los flashazos se encerraba para hacer fundas de almohada con camisetas viejas. La misma que, a pesar de su leyenda de farandulera, era más feliz viendo la tele y escuchando bandas de chicas de los 60 que compartiendo con celebrities un baño con pestillo.

Consciente de que vivir «como una prisionera» se estaba volviendo insano para ella, Blake organizaba salidas -a la Tate, a tiendas de ropa de segunda mano o a donde hiciera falta- para alejarla de la prensa sensacionalista… y de ciertos venenos.

Vemos a una mujer joven que se siente relajada, fuerte. Mira fijamente al objetivo, revelando un pozo de emociones en el fondo de sus problemas
Nancy Jo Sales

«Estaba centrado en salir fuera para hacer cosas que nos gustaban y recordar que la vida merece ser vivida […] No tenía interés en hacerle fotos durante sus crisis de salud o consumiendo drogas. Ésa, para mí, no representaba su esencia», explica el Blake bueno, como lo apodaron los tabloides. Alguien a quien la cantante quería de verdad, como se aprecia en la mezcla de desinhibición y candidez con la que posaba para él.

«A pesar de que pueden parecer imágenes artísticas y sorprendentes, sólo son fotos hechas por un amigo a alguien que se había hecho increíblemente famoso», confirma Nancy Jo Sales, periodista de The New York Times y autora del prólogo del diario visual de Amy. Son instantáneas algunas veces desenfocadas, otras sobreexpuestas y siempre fresquitas, hubiera o no océano al fondo.

En el tiempo que la pareja compartió techo -y parece que nada más- hubo dos momentos críticos. El primero fue tras la nominación de Amy a seis Grammy (2008). «Quería que viviera la experiencia sobria, que fuera capaz de vivir con toda intensidad ese instante de reconocimiento», admite Blake. Animada por él, la autora del álbum más vendido en Reino Unido en el siglo XXI consiguió llegar limpia a la gala, «aunque no fue fácil». Tuvo que renegar de su estribillo más famoso e ingresó en un centro de desintoxicación. El fotógrafo la visitaba cada día. Veían películas juntos, jugaban a las cartas, amagaban con entrar en el gimnasio… Amy se recuperó a tiempo, subió al escenario con el moño en su sitio y se llevó cinco premios.

En el libro, el fotógrafo la evoca delante de un micrófono y sin tóxicos en el cuerpo como un ente sobrenatural. «Llegamos en helicóptero a la isla de Wight […] Le pregunté si le parecía bien que hiciese fotos durante su actuación. ‘Por supuesto, cariño’, me dijo de forma animosa. Ésa fue la primera vez que estuve en el escenario con Amy mientras cantaba. Miré fuera a la multitud y comprendí visceralmente su impacto», relata a propósito de su experiencia en el Headlining Bestival de hace una década.

El segundo momento crítico se produjo en el paraíso de Santa Lucía, donde Blake hizo la mayor parte de sus fotos con cámaras antiguas y formatos como Polaroid y Super 8, queriendo capturar «esa sensación de vacaciones familiares de otra época», según Sales.

«En esas imágenes no hay dirección artística; se hicieron con luz natural y la mayoría son espontáneas», añade la periodista. «Vemos a una mujer joven que se siente relajada, fuerte y, sobre todo, a gusto con la persona detrás de la cámara. Mira fijamente al objetivo, revelando un pozo de emociones en el fondo de sus problemas; otras veces se muestra tan juguetona y exultante como Blake decía que la veía a menudo».

No tenía interés en hacerle fotos durante sus crisis de salud o consumiendo drogas. Ésa, para mí, no representaba su esencia
Blake Wood

Amy amaba aquella isla, en la que había pasado su luna de miel. Creía que las palmeras le servían de antídoto. Tanto, que durante su última estancia allí dejó de consumir estupefacientes -nunca volvió a acercarse a ellos- y quiso cambiar física y mentalmente: montó a caballo, salió a nadar, hizo yoga, practicó kayak… Incluso recibió clases de trapecio, como si necesitase añadir más vértigo al de su propia existencia.

Por desgracia para ella, para Blake, para todos los que se habían estremecido con sus canciones, el alcohol empapó la postal. Amy se transformó en Winehouse. Empezó a beber sin freno y las discusiones se hicieron frecuentes. «Recuerdo que una vez, de noche, le quité la bebida para que parase. Le dije: ‘Disfrutemos de la cena’. Se giró, me miró y me soltó: ‘¿Estás intentando vivir para siempre?’ Tenía ese latiguillo que podía ser muy divertido, pero también muy cortante».

De esto ya no hay fotos…

Blake volvió a Londres. Y luego, a Nueva York. Los dos años siguientes mantuvieron el contacto por Skype -«cada llamada la terminábamos con un ‘Te quiero’»- e hicieron planes: atravesar en coche EEUU, visitar el parque de atracciones Dollywood…

Pero Amy se murió el 23 de julio de 2011 y ya sólo quedó su recuerdo. «Fue alguien que encarnó el amor en su forma más pura», la evoca el fotógrafo, su confidente, casi su ángel de la guardia. «Ahora quiero que la gente vea la persona que conocí. Esa luz brillante y adorable».

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