Por Marco Reyes 
 

“Volvió a soñar con la ventana de un campo nevado, donde Cayetano Delaura no estaba ni volvería a estar nunca. Tenía en el regazo un racimo de uvas doradas que volvían a retoñar tan pronto como se las comía. Pero esta vez no las arrancaba una por una, sino de dos en dos, sin respirar apenas por las ansias de ganarle al racimo hasta la última uva. La guardiana que entró a prepararla para la sexta sesión de exorcismos la encontró muerta de amor en la cama con los ojos radiantes y la piel de recién nacida. Los troncos de los cabellos le brotaban como burbujas en el cráneo rapado, y se les veía crecer”.

 

Creí que quien a fuego muere con pasión despierta… Pero en esta lucha, donde la trata de personas y más demonios se representan, mi concepción está por cambiar.

La segunda parte no solo contemplará el sentir de Sierva María de Todos los Ángeles, personaje central en la trama original de Gabriel García Márquez, sino que traerá al recuento una mujer.

 

De la muerte

Sierva María no halló el fin en aquella cripta, el eco que se tornó voz a través de los valles, encontró pares y lágrimas guerreras en los días que solemos llamar voluntades.

Quién lo diría, Sierva María habría de encontrar una amiga, la mujer que despierta, y tras cada día incansables niñas que en sus ojos encontraron también un alma genuina.

Así es como se combate la trata de personas en el mundo de hoy; en soledad, sin vastos recursos ni aliados constantes, aunque de sobra rostros mercantes posando en las fotos sin saberse realmente cercanos de quienes su dolor sacaron gozo.

La otra mujer lucha, pero no suele salir en las fotos, no sabe mostrarse distinta; porque del azar comprende que pudo haber sido ella misma, una madre, un hermano y quizá algún día, su hija.

Ella no muere, regresa, y cuando en lágrimas despierta dibuja sonrisas también, urge al mundo y este responde con nuevas fuerzas y nuevas voces, decenas de víctimas que toca y despiertan, retozan, en ella, por ella.

La esencia no sabe morir.

 

Del prejuicio

Cuando me juzgas no me conoces, si lo hicieras te reconocerías y entonces… Escucharías.

Las condenas no conocen de edad, ni religión, mucho menos fronteras. Al igual que Sierva María millones de niños y niñas, hombres y mujeres son desarraigados de su familia, de aquel núcleo ideal que prometió acompañarles.

Con cada víctima se olvida el pudor, se siente el hambre, el olvido en cada segundo de infierno que se paga con sangre.

Mientras tanto la sociedad declara:

“Eso no es esclavitud, si están allí es porque les gusta, qué le hacen”.

Por supuesto, millones de almas entre 7 y 14 años de edad eligieron regalarse.

El prejuicio no toca, pero sí devora.

Retando al lamento la mujer tímidamente observa, como lo hacen todos los humanos que no pasan ni un segundo sin fervor, pero del mundo esconden su vocación… Carismática e independiente, elocuente y afable; así es como su compañía podrán imaginar. Esa mirada que de tantas víctimas arrancó las etiquetas y con su joven voz devolvió la seguridad a quienes olvidaron declamar su nombre. Su congruencia al actuar en las palabras que ella misma compone:

“Nadie roba mi libertad”.

 

De la pasión

“Mis ballets —escribió Béjart— son, ante todo, encuentros con la música, con la vida, con la muerte, con el amor (…), seres cuyo pasado y obra se reencarnan en mí, igual que el bailarín que ya no soy se reencarna una y otra vez en unos intérpretes que lo rebasan”.

Sobre el espacio turbio que a la idea rodea, aquella mujer se mueve, danza, y con su paso otros perdidos encuentran motivos de vida en el servicio humano. Legado y amante, bailarina y eternidad.

Frente a ella:

Cifras de víctimas en aumento, escepticismo, indiferencia, señalamientos, corrupción, mucho silencio, ideologías, enormes egos.  

La pasión cuando es ciega, enferma, incomoda… Cuando es pura en servicio, admira, abraza, camina.

La diferencia entre niños y niñas, mujeres y hombres.

La historia de millones de niños y niñas, mujeres y hombres.

Cayetano Delaura y Sierva María… El hombre, la niña, su final.

 

Sierva María funde a millones de víctimas alrededor del mundo; olvidadas, secuestradas, silenciadas.

La muerte, el prejuicio y la pasión que Gabriel García Márquez describe en su libro, como inquisidores ocultos y repetidos en la lucha de siglos con un nuevo rostro.

El eco de Sierva María que en la inmensidad tiene vida, la mujer de este relato y su verdadero nombre, ¿no es así Andrea Bohorquez?

 

FIN

 

 

@MarcoReyesMX

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