SANTA MARÍA ATZOMPA, Oaxaca.- Como las personas, los pueblos tienen identidad. Los hay serios, cálidos e incluso algunos en los que el viento sopla de forma sobrenatural. Las localidades de los Valles Centrales de Oaxaca muestran las suyas en artesanías. Si se quieren tallas de madera, hay que ir a San Antonio Arrazola; si se desea comida tradicional, hay que visitar Teotitlán del Valle, mientras que si se buscan historias, el destino es Santa María del Tule.

Para conocer Oaxaca, hay que ir con el estómago vacío y el corazón dispuesto; así, como cuando se visita a un amigo.

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Las figuras del árbol

“Laaa Cooola de Caballo; los Tres Reyes Magooos. Síganme por acá, por favor”.

En un tono casi maquinal, Paulina señala las figuras que, según la tradición, han aparecido en el ahuehuete símbolo de esta comunidad. Tiene sólo nueve años de edad, pero ya es toda una veterana guiando a turistas que, para compartir su mirada, deben aprender a sorprenderse como niños.

“Las figuras son del mismo tronco, no están hechas por la mano del hombre. La Melena del León tiene años, la Cabeza de Ajo, los Tres Reyes Magos, el Cocodrilo…” señala don Pedro, guardián del árbol al que expertos biólogos le han calculado unos dos mil años de edad.

Elegir a los jóvenes representantes de Santa María El Tule no es tarea sencilla. “Las mamás se presentan ante el Comité del Árbol; si faltan más niños, el Comité alquila un carrito que va por todo el pueblo; la condición es que tengan buenas calificaciones y respeten al turismo”, destaca.

Letreros en idiomas que van del inglés al coreano, advierten al turista sobre no maltratar al árbol ni intentar llevarse la hoja del recuerdo. Para la memoria queda la mirada infantil que debe dedicársele, como la de Paulina, que sólo al concluir su explicación, sonríe.

Teotitlán del Valle: corazón contento

El verde de los montes que rodean a esta localidad permite que resalte el colorido de sus tejidos, reconocidos por su calidad, pero sobre todo el de su amplia variedad de alimentos. “Tenemos un mercado muy rico en colores y sabores; los días fuertes son martes, viernes y domingos, que es cuando nuestros paisanos llevan huevos criollos, gallinas, chiles que sembraron, tomates, hasta las flores”, destaca la cocinera tradicional Carina Santiago.

Ya es hora de comer y ante los ojos del viajero aparecen, uno tras otro, platillos que muestran la perfecta armonía entre ingredientes de primera calidad y técnicas perfeccionadas por los siglos.

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“La comida que ofrezco a la gente que nos visita es la que aquí se consume; lo que nos distingue es el sazón, el amor, el cariño que yo le pongo a lo que hago”, apunta Santiago, quien recomienda probar el mole de Castilla, los tamales de mole amarillo y la segueza, un caldo de res con maíz, jitomate y chiles martajados, propios de la región.

San Antonio Arrazola: sueño de la madera

Hace 90 años, don Manuel Jiménez soñó con animales tallados lentamente en trozos de madera. Esas creaciones cobraron vida propia y ahora son un emblema de la artesanía mexicana a nivel mundial.

“Él empieza a tallar a los 8 años. Empezó jugando, ya que no tenía con qué jugar y mi padre deseaba tener juguetes” rememora Angélico Jiménez, heredero de la tradición. De su taller surgen jaguares, tigres, sirenas y gatos fantásticos, que sólo guardan parentesco terrenal en la forma.

“Todas nuestras tallas siempre son por imaginación. Los tenemos aquí, dentro de nuestros sentidos; luego empezamos a trazar con el machete, a usar las gubias y después empleamos el cuchillo, para afinar la obra.

“A mí me gusta tallar los nahuales, que son humanos que se transformaban hace mucho tiempo en animales como tigrillos, perros y conejos”, señala Angélico.

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El artista asegura que, en esta tierra, esos seres sobrenaturales operaban maravillas en la gente, sanándola. Aunque ya no es posible verlos, lo que sí es seguro es que en este espacio mágico, la madera inanimada cobra vida guiada por el talento de un sueño inagotable.

Grandeza zapoteca

SANTA MARÍA ATZOMPA, Oaxaca .- Las nubes forman un telón blanco por el que discurre el camino que lleva a uno de los montes que rodean a la ciudad de Oaxaca. Detrás de él se encuentra la zona arqueológica de Atzompa.

El verano ha hecho que el área esté cubierta de un verde absoluto que se replica en el cerro vecino; paso tras paso, largos muros de cantera amarilla refulgen contra la naturaleza que se adueña del espacio, habitado hace más de mil años por nobles zapotecas y que dista unos 15 minutos de la capital del estado.

“Este sitio tiene vistas muy impresionantes de los Valles Centrales de Oaxaca”, destaca el arqueólogo Miguel Guevara, quien trabaja en la investigación del sitio.

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De acuerdo con Guevara, Atzompa pudo ser un barrio de la poderosa ciudad de Monte Albán, esta última nombrada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1987.

Los vestigios de sus casas, altas pirámides y su plaza central, desde donde se tienen espectaculares vistas de los Valles de Etla y Oaxaca, y sus tres juegos de pelota, señalan la importancia que tenía este barrio en la vida del imperio… y también en la muerte.

En la casa del Señor Oscuro

“Mitla es el centro ceremonial por excelencia. Aquí vivía el sacerdote supremo de la religión zapoteca”, señala el antropólogo Julio César Flores.

El nombre de esta ciudad, que cobró auge a la caída de Monte Albán entre los años 1200 y 1521, hace referencia a Mictlantecuhtli, señor del Inframundo.

Queda aproximadamente a 52 kilómetros de distancia de Atzompa, y es un referente mundial de la cultura que floreció en esta región.

La Ciudad de los Muertos

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“Todos los señores zapotecos eran enterrados en Mitla. La gente todavía viene el Día de los Muertos a hacer ceremonias, porque aquí es donde está el fundamento de la religión zapoteca”, añade Flores.

Además de servir como palacios, los edificios revelan la forma en la que esta cultura veía la vida, la muerte y al hombre mismo, en la búsqueda de encontrar orden en el caos.

Las grecas que adornan el edificio principal, iluminado por el sol de distintas maneras según la época del año, son muestra de ello.

Mientras el agua y los elementos son representados por el caracol del eterno retorno, el Hombre encuentra su símil en la serpiente doble, el caos del cielo y la tierra. Porque, como dijera el poeta Joan Salvat-Papasseit, para nacer hay que morir.

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