El caso es aberrante y sorprende por la crueldad de los hechos denunciados. Pero la conmoción es mayor porque no sólo está en el centro de la escena una mujer, sino una religiosa japonesa, encargada de guiar espiritualmente a los niños más vulnerables del Instituto Antonio Próvolo de la localidad argentina de Mendoza.

Kosaka Kumiko, de 42 años, se convirtió en la “monja mala”, la “entregadora”. El testimonio de las víctimas ha sido crucial para que fuera remitida al penal de mujeres de Cacheuta, en medio de la montaña mendocina.

Inmutada y enfundada en su pulcra vestimenta gris, negra y blanca, Kumiko llegó ayer a Mendoza desde Buenos Aires y declaró ante la Justicia durante nueve horas, después de un mes de estar prófuga. La mujer negó todos los hechos, a pesar de estar acusada en tres casos.
ENTREGABA A LOS NIÑOS A LOS ABUSADORES

El testimonio que más sorprende es el de una joven de 17 años que aseguró que cuando tenía 5 le colocó un pañal tras ser violada por uno de los otros cinco imputados para ocultar el sangrado.

La víctima apuntó en su testimonio, en lenguaje de señas, a una monja con “rasgos achinados en el ojo” sobre la que dijo que “fue quien le puso el pañal tras la violación que sufrió, ocultando y teniendo conocimiento que había sido violada, lo cual la hace cómplice primario del delito del abuso”.

Con sus razones, los chicos la bautizaron “la monja mala”. No sólo participaba activamente de los abusos, sino que les gritaba y los maltrataba. Y en el peor de los casos, los entregaba, una vez que tenía estudiada a la víctima.

“No sabía nada de los abusos. Velaba por los niños”, dijo tajante ante el fiscal, que decidió imputarla, con una larga calificación: “Comisión por omisión del delito de abuso sexual con acceso carnal, en concurso ideal, con abuso sexual gravemente ultrajante, agravado por ser el autor encargado de la guarda, y por ser cometido contra un menor de 18 años de edad aprovechando la situación de convivencia preexistente con el mismo”.

DE LOS HÁBITOS A LA PRISIÓN

Kumiko nació en Japón, pero tiene nacionalidad argentina y llegó al país sudamericano con su familia en 1977. Sus padres fallecieron y, a pesar de contar con tres hermanos, no tiene relación con ninguno. Uno en vive en Japón, otro en Buenos Aires y el restante en España.

El noviciado fue su elección cuando era muy joven y en el 2000 recibió los hábitos, bajo la Congregación de Hijas de María Santísima del Huerto, que tiene sede en la localidad de Eugenio Bustos, en el departamento de San Carlos, pero también en Buenos Aires.

Tras el pedido de captura internacional, Kumiko había sido vista por última vez en la localidad bonaerense de Bella Vista, en el partido de San Miguel donde impartía clases de catequesis. Hacía cuatro años que había abandonado Mendoza.

En tierra cuyana, trabajó sus primeros años en el colegio de referencia de la cofradía en el Valle de Uco. Luego, fue trasladada al Instituto Próvolo, en Luján de Cuyo, donde se encargaba de acompañar física y espiritualmente a las niñas que dormían en el albergue, la mayoría sordas, quienes recién ahora se animaron a contar lo peor que vivieron con ella.

Estuvo al cuidado de los menores desde el 2004 hasta el 2012. Para las víctimas de la “monja mala” fueron ocho años sórdidos.

A la espera del avance de la causa, Kosaka Kumiko enfrenta una pena que va de los 10 a 50 años de cárcel.
*Con información de La Nación – Argentina / El Universal