Greta Díaz

En Toluca y sus alrededores, el Río Lerma es sinónimo de mal olor y contaminación. Hace algunas décadas, antes de que comenzara la migración capitalina a Toluca, el Río Lerma era uno de los lugares para visitar durante fines de semana. La gente caminaba a orillas del río mientras disfrutaba del paisaje de árboles llorones y de la flora que incluía patos mexicanos, ajolotes, polla acuática y charales que eran pescados por los lugareños. Decidí dar un paseo por el Río Lerma hace unos días y ver qué tan diferente es de lo que me cuentan.

Durante cinco horas de caminata, me encontré con todo tipo de desechos en el río: llantas, pañales, garrafones de agua, juguetes viejos y grandes cantidades PET. A pesar de haber mucho desperdicio material, lo más preocupante es el desperdicio que no se puede ver pero sí oler.

Pequeñas burbujas de gas metano salen a la superficie de el Río Lerma.

El corredor industrial Toluca-Lerma tiene alrededor de 500 fábricas, las cuales generan aguas residuales que contienen sustancias químicas como mercurio y plomo; a esto hay que sumarle una gran población agrícola que vive alrededor del río. A lo largo de todo el cuerpo de agua, la concentración de gas metano busca liberarse y lo logra mediante un sinnúmero de burbujas que rompen la superficie del agua al escapar.

El Río Lerma ha cambiado las actividades de la gente que vive a su alrededor. Los campesinos han abandonado sus siembras debido al alto grado de contaminación del agua. Niños y mujeres recogen la basura reciclable que encuentran para después venderla por kilos. Algunas personas usan cubrebocas al acercarse al río. Muchos no dejan que su ganado paste a orillas del río, porque implicaría contaminar el producto; por otro lado, el ganado de muchos otros también se niegan a comer aquél pasto contaminado.

Felipe Villar, conocido como El Cien, y su esposa Anabel posan para una foto. Felipe pide que las autoridades tomen cartas en el asunto y hagan algo respecto a la contaminación en el Río Lerma.

En estas horas de caminata, platiqué con diversas personas, entre ellos con Felipe Villar, conocido como El Cien. Felipe y su familia viven en San Mateo Atenco y han visto cómo ha cambiado el río a través de los años; me cuenta que, a pesar de que diversos políticos locales han prometido en sus campañas electorales la recuperación aquel espacio recreativo, en el río se avientan escombros, basura y hasta cadáveres de perros. Felipe es un ejemplo perfecto de cómo la contaminación ha afectado las actividades de los lugareños: anteriormente sembraba para consumo personal, ahora ya no confía en que esas verduras crecerán libres de contaminación; sin embargo se ve forzado a seguir sembrado para poder vender y así tener ingresos para comprar otro tipo de comida.

Esta serie de fotografías muestra al río como su principal sujeto, sin embargo, este sujeto está rodeado de seres humanos que han aprendido a vivir con su peste, preocupados porque las autoridades no llevan a cabo medidas regulatorias para mejorar la calidad del agua que corre por estos canales.

El Río Ameyalco debe ser bombeado al Río Lerma debido a que el canal del primero es demasiado pequeño y en tiempos de lluvia se desborda. Ambos ríos están contaminados con aguas resiudales de diversos poblados.

Desde hace algunas décadas, no hay nada que anuncie la llegada a Toluca desde la Ciudad de México como la peste que logra colarse en todos y cada uno de los automóviles que transitan por Tollocan; todos sabemos que cerrar las ventanas es un acto inútil ante el hedor del Río Lerma.

Mientras caminaba a un lado del río, no pude tener ni una sola bocanada de aire que no tuviese ese olor impregnado; es más, me atrevo a decir que aún después de un regaderazo, seguí sintiendo que la contaminación y el olor me perseguían a cada rincón de mi casa.