El Partido Conservador de Gran Bretaña se está movilizando para restringir la capacidad de la aristocrática Cámara de los Lores, no elegida para bloquear la voluntad del pueblo británico como se expresa a través de sus representantes elegidos en la Cámara de los Comunes.
Qué idea tan interesante, que el voto de cada ciudadano deba tener el mismo peso. Un hombre no debería tener, en esencia, más votos y una mayor voz porque algún antiguo rey puso una corona de oro sobre la cabeza de su antepasado para recompensarlo por su servicio militar en una antigua batalla.

Por lo tanto, es irónico que mientras los conservadores van hacia una dirección en Gran Bretaña, ciertos líderes autoproclamados del establishment republicano en Estados Unidos se están moviendo en exactamente la dirección opuesta y están tratando de utilizar las reglas arcanas y los obscuros fondos de multimillonarios, haciendo promesas en salas secretas llenas de humo, para negarle la nominación presidencial republicana a Donald Trump, quien, después de que el polvo se ha asentado desde el supermartes, casi con toda seguridad ganó.

La profundidad y amplitud de los éxitos de Trump en los primeros estados que han votado han sido, para citar a Trump mismo, enormes. Nueve de sus 10 victorias fueron por amplios márgenes. Y en donde no ha ganado ha estado, por lo general, cerca del ganador. Ha mostrado una posición dominante en los estados del sur, en Nueva Inglaterra, en el Atlántico y en el Oeste, convirtiéndose en el único candidato en mostrar la fuerza fuera de su propio terreno y con una campaña nacional. Ha ganado con los votantes cristianos evangélicos en el sur y los votantes hispanos en el oeste.
Quizá lo más importante es que está atrayendo a cientos de miles de nuevos votantes, casi cuadruplicando la participación de las primarias en Virginia desde hace cuatro años.

Los votantes demócratas que participan en las elecciones primarias y las asambleas en este punto hace ocho años superaban en número a los republicanos en casi dos a uno, pero este año se ha invertido, dando a los republicanos una ventaja similar. No hay duda de que esto es debido a Trump y a las legiones de gente nueva que introduce en el proceso político.

Fui elegida primero en el Congreso como parte del triunfo de Reagan en 1984, y, en todo caso, este año es claro que Trump está reorganizando a la coalición de Reagan y la está haciendo más grande, más fuerte y más diversa que nunca.
A la luz de esto, es impresionante cómo el establishment republicano y la clase de donantes en Washington han luchado en vano contra Trump, al tiempo que ha estado conectando simultáneamente en un nivel personal con tantos votantes de todo el país. Sin duda esto se debe a que Trump es un agente de cambio, un cambio que decenas de millones entre las filas de los republicanos quieren desesperadamente, y un cambio que el establishment republicano en Washington hará para evitarlo.
Los republicanos comunes y corrientes están hartos de la inmigración ilegal y de la broma que se han vuelto nuestras fronteras, mientras que el establishment republicano no quiere perder esta fuente de mano de obra barata; también están hartos de ver cómo los empleos bien remunerados son desviados a México, la India y Asia, mientras que el establishment republicano no quiere perder las ilusorias ganancias de las empresas a corto plazo que esto trae a expensas de nuestra base de manufacturas, fabricantes y de industrias de alta tecnología. Está claro que Trump le está hablando a esa base de republicanos y que el establishment está al borde de la desesperación.

La argucia que está sucediendo en Washington amenaza con dividir al partido republicano, no sólo para este ciclo electoral, sino quizá también para toda una generación. En el núcleo de la democracia estadounidense yace el principio de que una persona tiene un voto y que cuando “nosotros, la gente” hemos hablado, esa voz debe respetarse. Si Trump recibe más votos en las primarias republicanas y asambleas que cualquier otro candidato, y si recibe más delegados a la convención republicana que cualquier otro candidato, cualquier plan para forzar una convención negociada o alguna cosa por el estilo podría relegar al Partido Republicano en la basurero de la historia.

Trump está inspirando a decenas de millones de estadounidenses de todas las edades, razas, religiones e ideologías, con ideas novedosas como la exigencia de que los inmigrantes y los visitantes vengan a este país legalmente con la documentación adecuada y asegurarse de que podemos adecuadamente vetar a todos los que quieran entrar a este país. Él los está inspirando a nuevas ideas como las de no recompensar a las empresas por tomar puestos de trabajo fuera del país en zonas del mundo que no tienen un salario mínimo, leyes ambientales o de trabajo infantil para que puedan darles la vuelta y vender productos baratos a los estadounidenses cuyos trabajos ellos exportan; con no expandir beneficios para los inmigrantes ilegales mientras que los veteranos —los héroes americanos— se están muriendo porque no podemos tratarlos con la suficiente rapidez.
Si al establishment republicano no le gustan las ideas de Trump, se debe tratar de vencerlo con todas las de la ley, captando a los corazones y la imaginación de los electores como ha hecho Trump durante los últimos seis meses.
Si lo pueden vencer de manera justa, con una mayoría de votos y una mayoría de los delegados, entonces el partido —incluyendo aquellos que apoyan a Trump— se congregarán detrás del candidato final.
Pero si la nominación se la roban a Trump, a través de dinero sospechoso de los comités de acción política y la “convención negociada”, tristemente predigo que el partido que amo y que he ayudado a construir desde hace más de medio siglo va a sufrir una escisión masiva que lo enviará por el mismo camino que a los políticos liberales.
Le ha tomado al Parlamento británico casi 1,000 años arrebatar el poder a los señores y los nobles para restaurarlo en el lugar al que pertenece, con los comunes.
Mi Partido Republicano tiene unas semanas para resolver esto antes de que el ala del establishment arriesgue dividirse de forma permanente en sí de “Nosotros el Pueblo”. Espero y oro para la que lección se aprenda con el tiempo.
Helen Delich Bentley fue miembro de la Cámara de Representantes de 1985 a 1995.

 El Economista