Para sobrevivir en las estaciones frías y nevadas, la naturaleza ha equipado a muchos animales con abrigos invernales espectaculares.

Así como las personas se protegen de las inclemencias del tiempo usando abrigos, gorros, guantes y botas, muchos animales de las tundras septentrionales producen pelajes más densos para conservar su temperatura en climas helados.

Algunos desarrollan pelo en las patas para tener mayor aislamiento y tracción; como el zorro ártico, cuyas patas cubiertas de piel son como raquetas de nieve con las que navega el terreno invernal.

Los mantos níveos sirven de camuflaje a otros animales, como la liebre ártica y el armiño (fotografía superior, en su característico atuendo de invierno).

Aunque ese pelaje permite que el armiño se oculte de sus depredadores, también atrae a las personas. Admirado históricamente por la realeza, las pieles de armiño se usaron para confeccionar mantos reales, figuraron en retratos, y como diseño en la heráldica.

Los pelajes blancos también mantienen abrigados a los animales. Se infiere que, como la piel blanca carece de pigmentos, los tallos pilosos tienen más espacio en su interior. Cuando el aire llena esos espacios vacíos, atrapa el calor corporal del animal y proporciona aislamiento del frío. Las aves experimentan un beneficio parecido cuando esponjan sus plumas y atrapan bolsas de aire cerca del cuerpo, brindando calor adicional.

Conforme la temperatura aumenta y se aproxima el verano, los animales mudan de pelaje o plumaje, cambiando el color blanco invernal por tonalidades más terrosas. Con los nuevos colores marrón, gris, negro, y rojo, sus pieles reflejan el cambio de las estaciones, y la nueva cubierta del suelo y la vegetación.

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Fuente: National Geographic

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