En Argentina, el salmón rosado está pasando su peor momento. Se lo consideraba un delicioso y exclusivo pescado con amplios beneficios para la salud. Hasta que, de repente, le cayeron las peores acusaciones, de la mano de un reconocido chef: que los tiñen con colorantes, que los crían hacinados con exceso de antibióticos, que les dan hasta pesticidas y hormonas, y que comerlo puede hacer mal. Aunque está en discusión si las críticas tienen fundamento, la polémica tuvo un fuerte impacto en los hogares, donde las compras de este alimento cayeron hasta un 40%.

La controversia se desató hace dos meses cuando el francés Christophe Krywonis, jurado de MasterChef, se refirió al salmón que se consigue en la Argentina, importado de Chile, como una “pésima proteína” y como un “veneno”, “cinco veces más tóxico que una hamburguesa”. “Es lo único que no como ni ofrecería en mi restaurante”, afirmó. Ante esto, los productores chilenos insistieron en que cumplen con todas las normas sanitarias y el Ministerio de Agricultura argentino garantizó que lo exige y controla. También expertos en nutrición como el doctor Alberto Cormillot afirmaron que “no hay evidencia alguna de que provoque un efecto negativo sobre la salud” y que “en la Argentina la gente se mata comiendo carne”.

Ahora, un lanzamiento generó controversia en Estados Unidos. Según lo publicado por La Vanguardia, el salmón de la empresa AquaBounty Technologies se convirtió en el primer animal transgénico que ese país legalizó para el consumo humano. Apodado por sus detractores como “Frankenfish”, por el monstruo Frankenstein y “fish” (pez, en inglés), recibió ayer la luz verde de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) que, en un comunicado, lo consideró “nutritivo” y “seguro para el consumo humano”.

El nuevo producto, llamado “AquAdvantage Salmon”, ha sido modificado genéticamente para crecer el doble de rápido que el pescado convencional y alcanzar, con menores gastos, el tamaño mínimo requerido para ser vendido en el mercado. En concreto, logra el tamaño adulto en un plazo de 16 a 18 meses, frente a los 30 meses que demora mediante la cría natural, gracias a una hormona de crecimiento importada de una especie de salmón del Pacífico llamado “chinook” y el gen de un pez anguila.

Para aprobar el consumo del producto, la FDA, responsable de la regulación de alimentos en Estados Unidos, requiere a Aquabounty que el pescado crezca en dos instalaciones terrestres, ubicadas en Panamá y Canadá, en vez de en jaulas oceánicas, para evitar que escape a mares abiertos. “La FDA consideró la solicitud de aprobación en diferentes fases de revisión (…). AquaBounty Technologies mantuvo sus primeras conversaciones con la FDA a mediados de la década de los 90”, explicó a EFE una vocera de la agencia, que destacó el “minucioso” proceso que se ha seguido para autorizar ese producto.

En su documento para autorizar el consumo de este animal, la FDA asegura que no existen diferencias biológicas relevantes entre el salmón de Aquabounty y los convencionales y, por ello, el producto no debe llevar el etiquetado especial de “genéticamente modificado”, como reclamaban sus detractores. En el centro de la polémica se sitúa la industria pesquera de Alaska, así como grupos de consumidores y defensores del medio ambiente, que consideran que la decisión de la FDA abrirá la puerta a la venta de otros animales modificados genéticamente, como cerdos, vacas o pollos.

“No hay lugar en nuestros platos para el pescado modificado genéticamente”, advirtió Pete Knutson, propietario de la empresa Loki Fish Company, que considera que la venta del pescado transgénico pondrá en peligro a los pescadores de Alaska y la región de Puget Sound (estado de Washington), también dedicada al salmón. “Vamos a continuar trabajando para asegurarnos de que todo el mercado, desde las tiendas de comestibles hasta los restaurantes, continúan escuchando a la mayoría de los consumidores que no quieren comer este pescado modificado genéticamente y sin etiquetar”, avisó en un comunicado de prensa.

Organizaciones críticas con el proceso, como la medioambiental Friends of Earth,aseguran haber ganado en los últimos años el compromiso para no vender el nuevo salmón de 60 cadenas de supermercados con 9.000 tiendas en todo Estados Unidos, entre las que destacan los populares supermercados de Whole Foods, Trader Joe’s y Target. La fecha en la que este salmón podrá pasar del agua al plato está rodeada de incertidumbre por la oposición de los supermercados, aunque en 2010 la compañía dijo que, si el producto era aprobado, podría estar a la venta en dos años. La empresa defiende que el salmón modificado genéticamente reduce los costos de producción e impactos ambientales asociados a la cría de este popular pez y, además, tiene el mismo sabor, color, textura y olor que los ejemplares criados de forma tradicional.

La legalización del salmón transgénico supone un precedente para otros gobiernos que podrían imitar la decisión de Estados Unidos, donde un 37% de los adultos considera que los alimentos modificados genéticamente son seguros frente a una mayoría del 57% que los desaprueba, según una encuesta de enero de 2015 del centro Pew Research.

En Argentina, el 6 de octubre se aprobó el primer transgénico para consumo humano directo. Se trata de una papa resistente al virus PVY, que fue desarrollada entre el Conicet y Tecnoplant. Nuestro país ya había autorizado otros 32 transgénicos, pero solo en soja, maíz y algodón. Ninguno de estos cultivos era para consumo humano directo y por lo tanto no ha habido grandes resistencias entre la población al avance de estas tecnologías. Con la papa transgénica todo parece más difícil. Por eso fuentes de Tecnoplant aclararon a Clarín que no se precipitarán y recién comenzarían a vender las semillas dentro de al menos dos años.

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